martes 22 de febrero de 2011

Las garras del Deseo

Ultimamente aparece con bastante asiduidad en las conversaciones entre amigos y conocidos el tema del deseo. Me llama la atención como se suele confundir este con el motor de la vida.

Desde mi humilde visión personal considero que el deseo es alejarse de la satisfacción que se instala en nosotros cuando todo es perfecto tal y como es, cuando aceptas todo lo que la vida te ofrece desde el agradecimiento y la comprensión.

Sentirse plenamente dichosos simplemente por la maravilla de estar vivos no forma parte de los planes del ego y es una batalla digna de guerreros espirituales el descubrir el verdadero estado de nuestra naturaleza esencial y no dual.

- ¿ y si no hay deseo, cual es el motor de tu vida?

-¿ y entonces, que queda si no deseas nada?

- y para que trabajar, para que estudiar, para que vivir...

Conseguir siempre lo que uno desea es mas bien una utopía. Esto hace que muchas personas se sientan infelices la mayor parte del tiempo y que dediquen todas sus energías en la consecución de un ideal con la ilusión de que la felicidad llegará a sus vidas cuando lo obtengan. Ignoran el perfume que brota desde el eterno ahora y consumen sus vidas inmersos en ambiciones y apetitos.


Me recuerda al vagabundo que pasó su vida buscando y mendigando sentado en un baúl lleno de tesoros y al cual nunca tuvo "el tiempo" ni la idea de mirar en su interior.


Anhelar algo es afirmar que carecemos de ello y sólo las riquezas del Alma pueden apagar el fuego de las garras del deseo.


Los problemas cotidianos son una oportunidad para aprender que tras las dificultades de la vida se esconde un tremendo potencial para la realización del Ser, pues no son los hechos que nos conducen a la infelicidad, sino nuestra incapacidad de comprensión y aceptación de estos.


Conceder el hecho de ser felices exclusivamente a la obtención de los deseos limita nuestro potencial a una vaga y mísera existencia del ser humano, pues nada permanece inmutable, y una vez adquirido veremos como se esfuma la dicha sin apenas haber tenido la oportunidad de saborearla, conduciéndonos de nuevo a la ansiedad por volver a percibir su fragancia y dejándonos sedientos de algo más.


Todas las experiencias sensoriales son volátiles y efímeras, apegarnos a ellas nos conduce al sufrimiento. La obsesión por el romance, los títulos, el dinero, el sexo, el poder o el placer, oscurece nuestra naturaleza espiritual, pura y libre.


Percibir y admirar la belleza sin pretender poseerla es el antídoto para las turbulencias del deseo y redescubrir nuestra sabiduría interior el camino que nos conducirá a una profunda comprensión de que lo único que existe es este preciso instante, el momento presente, y que todo lo demás es una ilusión creada por las turbulencias de una mente inflamada y llena de anhelos.


Carecer de deseos no significa en absoluto carecer de personalidad ni de pasión por la vida, sino más bien todo lo contrario, es transformar una vida monótona en una aventura gozosa y llena de significado. Sólo en la aceptación de lo que ES, nuestra personalidad se expande e irradia un gran magnetismo por sentirse perfecta, es convertir la aburrida y mundana cotidianidad en un espontáneo e intenso paseo por la siempre renovada Divinidad.

Ya lo dijo Buda:

¡Qué maravilloso!
¡Qué maravilloso!
¡Todas las cosas son perfectas tal y como son!


María Jiménez.

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